¿Pobreza y salud mental, un círculo irrompible?

 

Foto salud mental
Ilustración: Luisa Fernanda Negrete

Los jóvenes de hogares en pobreza tienen un 25 % más de posibilidades de presentar síntomas depresivos. Las transferencias económicas podrían estar teniendo un efecto leve sobre la salud mental ¿Qué hace falta?

Por Lina Fernanda Sánchez Alvarado

“Va y me dice la profesora si no te puedes conectar no es mi problema. O estudias o trabajas. No había luz, no había baño, nada. Nosotros vinimos a tener baño, dos años después. Era muy difícil tener esas necesidades, entonces íbamos donde el vecino, por ejemplo”, así cuenta Erick García las dificultades que enfrentaban en su casa, en el barrio Los Libertadores, en Bogotá. En vacaciones, Erick cuenta que su mamá optaba por levantarlos tarde y así tipo 4, 5 de la tarde les daba la única comida del día porque no alcanzaba para más. “Era algo así como un almuerzo comida y un desayuno del otro día, a la vez. A eso nos acostumbramos”, narra. Los trapos rojos en las ventanas de las casas en Colombia, durante el confinamiento, confirmaron que, como Erick y su familia, unos 2,4 millones de hogares se alimentan con menos de tres porciones diarias.

Lo cierto es que sus condiciones de vida lo alejaban de sus sueños de estudiar y trabajar para alguna organización social. A esto se sumó la muerte de su mamá, que lo hizo sentir que perdía un gran apoyo. La vida de Erick tuvo un pequeño empujón, según sus palabras, pues se convirtió en un beneficiario de un programa de transferencias económicas para poder estudiar (Jóvenes en Acción): “Con esos primeros pesos pude comprar un mercado, luego un pantalón y una camisa. A veces solo alcanza para el transporte, pero también de vez en cuando para poder almorzar en la universidad con tranquilidad- cuenta-. En algunos momentos digo que soy fuerte y que no necesito un psicólogo, pero la verdad es que sí”.

Y es que el 12 % de jóvenes en Colombia presenta algún tipo de trastorno de salud mental y un 52,9 % ha tenido síntomas ansiosos según la última Encuesta Nacional de Salud Mental (2015), del Ministerio de Salud. La situación es aún más preocupante cuando los jóvenes viven en situación de pobreza, pues tienen un 25 % más de probabilidades de vivir este tipo de síntomas o enfermedades.

Philipp Hessel, doctor en Demografía de la Escuela de Economía de Londres, afirma que hay un ciclo vicioso entre la pobreza y la salud mental. Un efecto negativo que empieza a tener una primera incidencia en la adolescencia con temas como la depresión y la ansiedad. Chances 6, una investigación de la que hace parte Hessel, evalúa vías para romper con este ciclo y el impacto de las transferencias económicas en esta tarea, en 6 diferentes países del mundo con ingresos medios y bajos (México, Liberia, Malawi, Colombia, Brasil y Sudáfrica).

La investigación considera que la pobreza debe verse más allá de los ingresos: la falta de acceso a la educación o salud son también factores que marcan las condiciones de vida. En Colombia y en Sudáfrica, por ejemplo, no poder estudiar es un factor de riesgo alto para la salud mental de los jóvenes.

La región andina (Perú, Colombia y Ecuador) es el área del mundo con mayores niveles de ansiedad. Las causas, en el país, pueden estar vinculadas con la exposición a la violencia, desplazamiento y robos. Hessel, investigador y profesor de la Universidad de los Andes, explica que la pobreza y la escasez generan estrés, además que no poder terminar el colegio o no encontrar trabajo impacta la oportunidad de vida de las personas y sus conductas: son factores de riesgo para la violencia, el consumo de drogas y traen efectos no solo para las personas en particular, sino todo su contexto social.

 

 

No basta solo “con una patadita de la buena suerte”

En un parque de Bogotá, Pilar Sanabria, beneficiaria de Familias en Acción, otro programa de transferencias económicas, cuenta que un día no aguantó más y tuvo que elegir entre estudiar o trabajar. Entre lágrimas dice que sufrió una parálisis en su cuerpo, que empezó a tener altos niveles de ansiedad y eso se mezcló con la sensación de estar sola en el proceso. “Ahí me di cuenta que cuando tienes salud mental puedes hacer cosas, pero cuando tienes un caos en tu cabeza, un caos en la sociedad y en la familia es muy difícil progresar”, añade esta joven.En el mundo, la mayoría de países de bajos y medios ingresos tienen transferencias monetarias. ¿Son entonces estos programas efectivos para romper el círculo entre pobreza y salud mental? A través de Chances 6, los investigadores han corroborado que estas iniciativas nunca fueron diseñadas para mejorar la salud mental, sino para aliviar la pobreza o invertir en el capital humano. No obstante, en Colombia estos programas muestran algo de efecto positivo sobre la salud mental.

En Familias en Acción, por ejemplo, los hogares reciben dinero si sus hijos menores de 18 años asisten al colegio. Y son estos jóvenes quienes muestran comportamientos y conductas más positivas en sus relaciones con padres, madres y otras personas, frente a jóvenes que no hacen parte del programa. “Si estás en el colegio interactúas, participas, te asocias, aprendes a controlar impulsos, lo cual trae efectos positivos”, explican los investigadores. Estas transferencias también tienen consecuencias sobre la brecha de aspiraciones educativas de los jóvenes.

Erick García asegura, mientras alza y acaricia a su gato, que hoy ve más cerca esa idea de trabajar en una organización, para hablar con la gente y ayudarla. Incluso dice que si hiciera un esfuerzo podría intentar pagar un psicólogo. Y es que, aunque estos programas no tengan efectos negativos sobre la salud mental, si pueden aliviar el estrés, permitiéndoles acceder a comprar comida, materiales para el colegio o universidad. Sin embargo, esto no aumenta el acceso a tratamientos y “con comida no se cura la depresión ni la ansiedad”, dice uno de los investigadores.

Sanabria quien no es solo beneficiaria de estos programas, sino psicóloga en formación, añade que la salud mental es vital en la formación de cualquier persona. De hecho, a largo plazo le gustaría implementar un proyecto donde se atendiera este aspecto y no como pasa hoy con las Entidades Promotoras de Salud (EPS) que lo hacen, según su punto de vista, de forma precaria: “Todas las personas deberían recibir atención sin importar la estabilidad económica con la que cuenten”.

García y Sanabria coinciden en lo que afirman los investigadores: las transferencias monetarias no son un medicamento que va a solucionar los problemas de salud mental. Las políticas sociales se siguen ejecutando de forma independiente de las políticas de salud, lo que significa una pérdida muy grande para el país. De ahí que los investigadores trabajen hoy en conjunto con el Gobierno Nacional en una intervención específica para el programa Jóvenes en Acción: una iniciativa de la que también hacen parte los beneficiarios y que espera resultados a largo plazo en la vida de los más vulnerables.

Las transferencias son importantes, pero no suficientes: No basta solo, como dice el joven García, con una “patadita de la buena suerte”. El investigador Mauricio Avendaño, del King´s College of London, explica que la adolescencia es un periodo importante en el desarrollo individual, emocional e intelectual y es importante atender los síntomas que se puedan presentar pues el 75 % de los trastornos mentales surgen antes de los 15 años y la mitad de estos nunca se identifica ni se trata.

 

 

Recomendaciones de Chances 6:

    1. Priorización: Los programas de transferencias monetarias deberían priorizarse para aquellos jóvenes que tienen riesgos más altos de desarrollar condiciones de salud mental.
    2. Acceso: Se deberían aprovechar los espacios de contacto con los beneficiarios para ofrecer servicios de apoyo a salud mental a quienes reciben subsidios.
    3. Evaluación de impacto: Incluir este componente para optimizar el sistema para los jóvenes y la sociedad.
    4. Uso de datos: La información sobre impactos en la salud mental es clave en la toma de decisiones. Por ejemplo, la irregularidad en los pagos puede conducir a un aumento de estrés en los jóvenes y la larga duración de pagos del beneficio puede reducir la depresión.