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Los alumnos dudan de sus propias habilidades —¿la IA puede hacerlo mejor?—, los profesores sospechan de que un trabajo no haya sido elaborado por el estudiante… La IA siembra ortigas y flores en clase. Estas, tres historias de adaptación a la tecnología.
Ilustraciones: Luisa Negrete Sanjuan
Los ochenta estudiantes debían presentar un texto para la clase Conflicto y paz en Colombia. Su profesora, Angelika Rettberg, decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, con cerca de 25 años de experiencia docente y experta en temas de paz, recibió los trabajos y notó textos muy similares. Seguramente —no es fácil comprobarlo— muchos habían sido generados por la inteligencia artificial.
“Entré en crisis de identidad. Pensé: ‘¿Cómo voy a evaluar la toma de perspectiva o el trabajo crítico, si los estudiantes pueden darle un buen prompt a la inteligencia artificial y les resuelve el tema?”.
Salir de la zona de confort y conocer nuevas perspectivas es, para los estudiantes, el objetivo del ejercicio. Eso busca Rettberg con un juego de roles en el cual simulan un proceso de desmovilización de grupos armados en Colombia. Los participantes escogen el papel de combatientes rasos, comandantes o miembros del gobierno y reflexionan sobre su rol. El texto, al final, analiza su experiencia y la evolución de su postura.
Para resolver el problema de la evaluación, la profesora contactó a Didacta, unidad encargada de acompañar procesos pedagógicos y curriculares. La IA, concluyeron allí, daba herramientas para reforzar el ejercicio: se construyeron asistentes GPT alimentados con información en línea sobre cada rol y material relevante (textos oficiales, académicos y de producción propia) y se aumentaron a seis los posibles perfiles a escoger.
Estos asistentes virtuales ahora preparan de forma individual a los participantes en conversaciones estimuladas por preguntas de los estudiantes. Durante la clase el diálogo continúa, pero con el salón en conjunto y, finalmente, con las personas que tenían el mismo rol se identifican retos en común. Para evaluar la actividad, los estudiantes graban un video de la conversación con el grupo de su rol y eso lo califica Rettberg.
A ella, del ejercicio, le gusta el aprendizaje en el uso de prompts y la posibilidad de construir roles, ahora potenciados. Cree que, sin duda, los negociadores aprenden, aunque algo le hace falta todavía y le duele perder: “La satisfacción de construir un argumento escrito”.
Quien no se haya aburrido en alguna clase del colegio, que tire la primera piedra. Si además no entendía el tema, posiblemente cayó dormido. Esa fue una de las motivaciones de MacKenzie Price para fundar los colegios Alpha, en Texas, Estados Unidos. El colegio era muy aburrido, le dijeron sus hijas. Se trata del modelo de educación, analizó ella, más allá de cualquier disputa posible entre sistemas públicos y privados.
El colegio, fundado en 2014 con 16 estudiantes, hoy tiene sedes en cinco estados. A la parte académica se le dedican solo dos horas diarias, utilizando tutorías personalizadas impulsadas por IA.
Un día en un colegio Alpha es así: los estudiantes llegan a las 8:30 a.m. y resuelven una tarea en apariencia imposible o difícil, con el propósito de estimularlos y enseñarles a trabajar en equipo. Después ocurre el momento de sentarse frente a sus computadores y, con aplicaciones e IA, estudiar las asignaturas académicas fundamentales: matemáticas, lectura, lenguaje y ciencias. El resto del día hacen proyectos colaborativos basados en actividades prácticas y habilidades para la vida. “La tarde es donde todo se vuelve realmente emocionante, porque es cuando los niños no tienen que estar sentados en un pupitre todo el día”, dijo la cofundadora en una entrevista para The New York Times.
El colegio entiende a los profesores como “guías” en el acompañamiento a los estudiantes. Utilizando la IA, los niños avanzan a su propio ritmo y nivel; un estudiante puede estar haciendo lecciones de matemáticas de octavo y ciencias de décimo grado. Aseguran que, con la llegada de la IA generativa, pueden medir con precisión y exactitud ese aprendizaje.
Estos colegios tienen críticas —además del precio de 40 mil dólares anuales—. Para Martha Isabel Tejada Sánchez, quien dicta la clase de IA para la Educación en la Universidad de los Andes, son un modelo interesante: anticipan la conexión constante entre IA y educación, pero corren el riesgo de formar estudiantes bajo un paradigma empresarial. “La escuela deja de ser un espacio de encuentro comunitario y de construcción de ciudadanía para transformarse en una incubadora de proyectos y productos al estilo de Silicon Valley, donde incluso la motivación se convierte en capital humano a gestionar”.
No hay duda, es una experiencia innovadora e incluye elementos largamente deseados por los teóricos de la educación como currículos flexibles, integración de la tecnología o retroalimentación constante. Pero, como advierte Tejada, se requiere estar atentos para que no se escondan vacíos bajo la retórica de la innovación.
La primera película colombiana para ver con lentes 3D fue Pequeñas voces (2010). Uno de sus directores, Jairo Carrillo, amante de la tecnología en el cine, hizo lo posible por ser pionero con la técnica para la exhibición en salas de su película. Hoy es profesor de la Universidad Militar Nueva Granada y sigue alerta a cualquier innovación para aplicarla en los proyectos de sus alumnos.
Con la eclosión de la IA generativa, experimentó al crear relatos y luego animarlos en clase. Pero ese ensayo no resultó porque “todas las historias terminaban iguales, monótonas, sosas, con unas fórmulas muy parecidas —recuerda—. Yo decía: ‘Esto no funciona porque el cine se trata de contar buenas historias’.
Seguía viendo la potencia de la IA para hacer las animaciones, pero faltaba el toque humano. Por eso les pidió a sus estudiantes que le preguntaran a un familiar por una historia de Navidad personal. Así, abuelos, tíos y padres relataron, con su voz, recuerdos importantes para ellos y sus familias. Estos finalmente fueron animados con programas gratuitos de IA.
“Termina siendo un híbrido, como las películas de efectos especiales: no todo son efectos, hay partes muy cotidianas y eso nos acerca”, dice Carrillo, convencido de que esta nueva tecnología no acaba con la animación. Pone como ejemplo el estreno de Toy Story hace 30 años, cuando, se decía, había llegado el final de ese arte. En realidad le dio un impulso.
Sigue enseñando los fundamentos, como encuadres o movimientos de cámara, porque sin ellos los estudiantes no pueden conseguir con sus prompts lo que quieren. Logró, echándole una mano a la IA, contar historias que tocan el corazón humano.
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Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 Minjusticia.
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