;
En algunas regiones de Colombia, la rutina escolar comienza con preguntas prácticas: ¿habrá luz?, ¿habrá señal?, ¿llegarán todos los estudiantes? Para quienes dan clases en la ruralidad, enseñar implica ajustar la jornada a esas respuestas.
En esos territorios, la educación básica y media se ha convertido en un acto cotidiano de resistencia, cuidado y esperanza. Aunque el país ha avanzado en cobertura, las realidades locales siguen marcando de forma profunda la experiencia educativa de estudiantes y docentes.
Como plantea Andrés Ham, Ph. D. en Economía de la Universidad Illinois en el videopodcast Nadie nos pidió esto, “muchas veces estamos en áreas urbanas y sentimos que la educación es un tema resuelto. Eso es engañoso. Una cosa es ir al colegio y estar matriculado, otra, es recibir calidad”.
Entonces, pensar la educación lejos de las ciudades implica observar cómo se organiza la oferta educativa en el país. De hecho, el Ministerio de Educación Nacional ha señalado que, aunque la cobertura en educación básica es del 90 %, en la educación media continúan las brechas entre lo urbano y lo rural, marcadas por la distancia entre sedes, la dispersión poblacional y la oferta incompleta de grados.
En esos contextos, la continuidad del proceso educativo depende de condiciones que exceden el aula y atraviesan el trabajo cotidiano de las escuelas y sus docentes.
Sostener una escuela abierta en zonas rurales no es un hecho menor. Las diferencias entre las urbanas y rurales no son solo geográficas: se traducen en desigualdades de aprendizaje, formación docente y condiciones escolares.
Nancy Palacios, doctora en Didácticas Específicas de la Universidad de Valencia y ganadora del Premio Compartir al Maestro, lo resume así: “Las brechas las conocemos, están allí y quiero hacer énfasis en que estas sí tienen que ver con cosas que pasan en la escuela, pero también fuera de ella”. Factores como la pobreza, el conflicto armado o el desplazamiento forzado interrumpen, según la experta, trayectorias educativas y profundizan las desigualdades.
El DANE ha señalado que la cobertura bruta en educación en el sector rural se ha ubicado en torno al 54 % entre 2018 y 2020, una cifra que está por debajo del 83,1 % en áreas urbanas para el mismo periodo.
En ese escenario, la estabilidad de los equipos docentes adquiere un papel central. Desde la política pública, la descentralización ha permitido avances locales que muestran diferencias entre territorios. “Hay lugares que han podido avanzar en crecimiento sobre sí mismos en los últimos 10 años ”, explica Sandra García, experta en Política Social de la Universidad de los Andes en el videopodcast, señalando que esto ha sido posible “con fortalecimiento docente” y con “reconocer que es importante la estabilidad de los equipos”.
Las condiciones del territorio, así, inciden en las brechas y en las posibilidades de mejora cuando existen políticas y equipos consolidados.
En territorios afectados por violencia o economías ilegales, la escuela cumple un rol que va más allá de la enseñanza.
“Mantener las escuelas abiertas en regiones con tantas dificultades de desplazamiento, de violencia, es muy importante”, señala Nancy Palacios, quien destaca además que “los colegios como espacios de protección y los maestros como agentes cuidadores son fundamentales en estas realidades".
Este enfoque coincide con un análisis de la UNESCO, que ha subrayado el papel de la escuela rural como espacio de amparo, cohesión social y bienestar, especialmente en contextos de vulnerabilidad. En su informe sobre educación en zonas rurales, el organismo insiste en fortalecer el acompañamiento a docentes y comunidades para garantizar entornos seguros y pertinentes.
Cuidar también implica revisar qué se enseña y cómo se enseña. Más allá de lenguaje y matemáticas, Palacios recuerda la importancia de “lo socioemocional, la formación artística […] y la formación en pensamiento histórico”, elementos clave para el desarrollo integral y el pensamiento crítico. En contextos rurales, estos aprendizajes permiten conectar la escuela con la vida comunitaria y el territorio.
Diseñar una educación básica y media pertinente implica fortalecer a los docentes que sostienen el sistema en condiciones adversas. La evidencia es clara, como afirma Sandra García en Nadie nos pidió esto: “Aquellos municipios que tienen una mayor proporción de docentes en muy buenas condiciones laborales y con una mejor formación, son municipios que logran una mayor movilidad social”.
Es decir que, en zonas rurales, donde la provisionalidad docente es más alta, mejorar estas condiciones es una apuesta directa por la equidad.
El Ministerio de Educación y organismos internacionales coinciden en que los modelos educativos con enfoque territorial, flexibles y articulados con la comunidad, pueden cerrar brechas y ampliar oportunidades. No se trata de bajar estándares, sino de construirlos desde el lugar en que se enseña.
Para estos expertos, para diseñar una educación que responda a las realidades territoriales hay que trabajar en la calidad y reconocer qué se construye de manera distinta en cada región.
“Hablar de educación no es hablar del futuro, es hablar del país que somos nosotros”, explica Andrés Ham. En Colombia, un país diverso, la educación básica y media sigue siendo un puente posible entre territorio, conocimiento y dignidad.
Copyright© PUNTOS
Todos los derechos reservados
Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 Minjusticia.
Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 MInjusticia.
Copyright© PUNTOS - Todos los derechos reservados