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Iguanodonte: pasos de animal grande.

El rastro de un animal enorme, un iguanodonte del cual no se tenía evidencia alguna en Colombia ni en Suramérica, transforma la existencia de un verde pueblo de Boyacá. Abre un episodio en la ciencia.

Por: Santiago García Arévalo

Fotos: Daniel Álvarez

Poner un pie en Santa María, un municipio boyacense de 3.800 habitantes es entrar en un valle escondido donde el verde de la cordillera Oriental lo abraza todo. El paisaje es sereno, igual que sus calles. Pero desde hace unos años, incluso antes de la pandemia, las pisadas de un animal gigante son tema obligado en la panadería, la tienda y hasta la cancha de fútbol. En este lugar cálido y húmedo, a 850 metros de altitud, esas huellas han reescrito la historia y renovado la identidad de la región.

El viaje por carretera desde Bogotá toma cuatro horas. En la primera mitad del siglo XX, este territorio era la Hacienda Argentina, en el Valle de Tenza. Hoy conviven aquí unas 2.400 especies de flora y fauna. Pero hace 133 millones de años caminaban por estas tierras iguanodontes de más de dos toneladas. Nadie lo imaginaba hasta que, en 2017, un grupo de paleontólogos empezó a sospecharlo: nunca antes se habían visto huellas de este tipo fuera de Europa ni de una especie tan grande en Colombia.

Las pisadas —iguanodontipus— están en un pozo llamado Calavera, uno de los hilos de agua del valle. Las vio por primera vez un estudiante, Alejandro Corrales, intrigado por unas marcas que parecían hojas fosilizadas. Junto a su profesor, el paleontólogo Leslie Noé, confirmaron que se trataba del rastro de un iguanodóntido. En 2020, el hallazgo fue documentado en The Geology of Colombia.

Hoy Santa María presume con orgullo camisetas, miniaturas, réplicas y una figura de fibra de vidrio de tres metros de un iguanodonte, obra de Alejandro Ospina García. El ecoturismo crece, impulsado por la historia fascinante de La Calavera.

Son seis huellas, de hasta 42 centímetros por 30, conservadas en el río Bata, entre rocas sedimentarias y areniscas. Cuatro forman el rastro completo de un solo animal. Su estudio revela que era un herbívoro cuadrúpedo que caminaba a cinco kilómetros por hora en suelos fangosos del Cretácico Temprano, cuando Suramérica y África empezaban a separarse. Según las hipótesis, estos animales habrían llegado a lo que hoy es Colombia migrando desde Laurasia, ( donde estaba Europa) por rutas costeras a través del norte de África (Gondwana hace 133 millones de años).

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Fotos: Daniel Álvarez

Los suelos boyacenses de hoy eran la costa de un mar poco profundo.Esa imagen vívida del dinosaurio en su andar es punto de partida pedagógico para las ciencias, el patrimonio y la identidad de Santa María. Carlos Guamiza, doctor en Biología por la Universidad de Texas—Austin y divulgador científico, lo precisa: “Antes, los estudiantes de la región estaban más enfocados en sus celulares, en redes sociales y ahora buscan huellas. Son paleontólogos en potencia”.

El iguanodonte es una semilla de ciencia. Fue Guamiza quien gestionó, con el apoyo de la empresa AES Colombia (Applied Energy Services) y la Alcaldía de Santa María, la llegada del iguanodonte amarillo al municipio luego de ser exhibido en Bogotá en la expo­sición Dinosaurios entre nosotros. También, con Paula Rois e Ignacio Mesa, es coautor del nuevo libro Dinosaurios, una travesía cretácica, edi­tado por Penguin. En la obra, concebida como un viaje, los dinosaurios conviven con científicos, aves, iguanas, rocas del espacio exterior y hasta con la música infantil de Tu Rockcito, una banda de rock infantil. Hoy existe, disponible en You­Tube, el documental Huellas de identidad.

Con un foco más ambiental, este mismo año se hizo un museo silencioso. Sus pisadas son más limpias. Un piso de tierra viva en el que, como un mensaje, resulta claro, la historia de la vida está grabada en el territorio.

Vestidas con trajes resplandecientes, las mujeres avanzan en una coreografía que entrelaza tres colores simbólicos: el anaranjado de la fortuna, el dorado de la nobleza y el azul celeste que evoca calma y espiritualidad. En sus manos, los faroles iluminan la escena como pequeñas constelaciones flotantes. Con giros suaves y precisos, las bailarinas agitan el aire dormido de los siglos, y con cada paso dibujan sobre el suelo mapas invisibles de antiguos rituales. Así reviven la memoria festiva de un pueblo que danzaba no solo para celebrar, sino para honrar la luz como símbolo de esperanza, armonía y continuidad.

infografía iguanodonte

Huellas de identidad:

La ciencia que redescubrió un pueblo.

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Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 Minjusticia.

Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 MInjusticia.

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