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Quedarse con el conocimiento es ir desapareciendo

La vida, aquí, ocurre con transparencia: es una forma distinta de habitar el mundo. Poco se oculta en el resguardo indígena Kankawarwa.

Por: Daniel Álvarez

Cinco y cuarenta de la mañana. La luz se insinúa en las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Me despierta el ruido de la ropa restregándose contra las piedras del río. Huele a leña quemada. La vida, aquí, ocurre con transparencia: es una forma distinta de habitar el mundo. Poco se oculta en el resguardo indígena Kankawarwa.

Las casas sin puertas revelan una vida abierta, como si no existieran secretos.

fotografía a contra luz de una mujer de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la puerta de su casa

Gabriela Caroli estudia biología y antropología. Tiene 21 años. Al rato camino con ella entre los habitantes de Kankawarwa, en medio de brotes de cacao, de café, de maíz, de papa y en una atmósfera de respeto profundo por la naturaleza como fuente de vida. Al otro lado de estas montañas, a veces se nos olvida eso. Ella lleva casi dos años, entre Bogotá y la Sierra, en compañía de la comunidad iku y ha entendido que las relaciones no se imponen, se cultivan. Desde la experiencia. 

“La confianza, aquí, parte de la inexistencia de jerarquías. Surge desde lo genuino, sobre la confianza y el reconocimiento mutuo, incluso desde el buen humor”, me explica mientras enfoco con la lente de mi cámara. 

Una mujer llamada Gabriela está sentada leyendo una hoja de papel en medio de la Sierra

Gabriela aprende en este cruce de caminos, en este puente entre dos mundos, en apariencia, lejanos. Y me convierto en testigo mientras registraba un ‘intercambio de saberes’ o ‘interculturalidad’, palabra tan repetida cuando se habla de desarrollo. Escucho a los más jóvenes narrar sus historias, sus viajes a otros contextos urbanos donde estudian o trabajan; los oigo sobre cómo preservar viva su lengua, sus rituales, sus costumbres…

“Resalto las palabras de un mamo. Nos decía: ‘Compartir el conocimiento, siempre, es pensar en un futuro; quedárselo es ir desapareciendo’”, me cuenta Seynabun Zapata, un joven iku apasionado por la fotografía.

En ese intercambio, varios jóvenes del resguardo están siendo certificados en multimedia, escritura, lenguas nativas, cartografía y otras áreas. “Para nosotros también es necesario mejorar la lengua materna, construir herramientas para las escuelas, pero hechos junto con las autoridades nuestras. Es lo más pertinente, construir iniciativas en defensa de la cultura”, dice Luis Enrique Salcedo, gobernador del pueblo arhuaco Magdalena y Guajira y enlace entre los mamos y quienes venimos de occidente.

Aprendo yo, también. Contribuir al país es aportar a la preservación del medio ambiente, de lo ancestral y, como dicen ellos, promover los derechos humanos con igualdad, como todos nos lo merecemos. La diferencia no es una barrera, es una oportunidad de entendimiento. Me quedo con eso. Uno se va, aunque no del todo: a la Sierra me la llevo palpitando en el pecho. Retratar lo que para muchos no es sagrado es un verdadero reto.

Este espacio, llamado kaduko por los arhuacos, es un lugar sagrado de memoria y reflexión. Allí conversan la voz y el pensar de los mayores y se alimenta mediante las ideas y el trabajo espiritual.
La Ley de Origen sostiene el equilibrio entre elementos naturales de la madre tierra. El agua, en su viaje desde lo más alto de la Sierra hasta el mar, es reconocida como un hilo de pensamiento armónico y protección.
En el kaduko también existe ese espacio para pensar con los visitantes. A la izquierda, arriba, Gabriela Caroli con miembros de la comunidad iku. A la derecha (mano en la cara), Angelika Rettberg.
Mujer iku y el tejer como acto fortalecido de pensamiento. En cada hilo tejido se plasman ideas e inspiración como si se tratara de una libreta de notas. Es, también, un acto de transmisión de conocimiento y sostenimiento de la cultura arhuaca.
El resguardo Kankawarwa, como sitio de reunión del Cabildo Arhuaco Magdalena — Guajira, hospedó entre montañas y río un encuentro de 24 comunidades iku.
La mochila, con su tejido característico, es elaborada por mujeres de la comunidad y se entrega con cariño. Es parte del pensamiento arhuaco; portarla es símbolo de armonía, respeto y energía positiva.
El pensar arhuaco sostiene intrínsecamente la armonía con el territorio. La naturaleza está en la esencia del existir iku. Pensar, recordar y enseñar este pensamiento sostiene la vida.
Este espacio, llamado kaduko por los arhuacos, es un lugar sagrado de memoria y reflexión. Allí conversan la voz y el pensar de los mayores y se alimenta mediante las ideas y el trabajo espiritual.
La Ley de Origen sostiene el equilibrio entre elementos naturales de la madre tierra. El agua, en su viaje desde lo más alto de la Sierra hasta el mar, es reconocida como un hilo de pensamiento armónico y protección.
En el kaduko también existe ese espacio para pensar con los visitantes. A la izquierda, arriba, Gabriela Caroli con miembros de la comunidad iku. A la derecha (mano en la cara), Angelika Rettberg.
Mujer iku y el tejer como acto fortalecido de pensamiento. En cada hilo tejido se plasman ideas e inspiración como si se tratara de una libreta de notas. Es, también, un acto de transmisión de conocimiento y sostenimiento de la cultura arhuaca.
El resguardo Kankawarwa, como sitio de reunión del Cabildo Arhuaco Magdalena — Guajira, hospedó entre montañas y río un encuentro de 24 comunidades iku.
La mochila, con su tejido característico, es elaborada por mujeres de la comunidad y se entrega con cariño. Es parte del pensamiento arhuaco; portarla es símbolo de armonía, respeto y energía positiva.
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Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 Minjusticia.

Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 MInjusticia.

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