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¿Nos estamos peleando con la tía por una estrategia de 'marketing' político?
Periodista: ¿Por qué tergiversaron mensajes para hacer campaña?
Juan Carlos Vélez: Fue lo mismo que hicieron en la campaña del SÍ.
Eso respondió el gerente de la campaña del NO en el plebiscito sobre el proceso de paz con las FARC, durante una entrevista con La República, tras su triunfo en 2016. La estrategia fue crear indignación y "emberracar a la gente".
La táctica no nació en esa campaña ni en Colombia. Ni terminó ahí. Provocar emociones y opinión viene desde la antigua Grecia, cuando las obras teatrales incluían medias verdades y recursos emocionales para moldear el pensamiento colectivo. Aunque en épocas electorales como la de este 2026 los debates retoñan, el análisis es poco —profundizar es mala estrategia— y se apela a exaltar sentimientos y establecer enemigos. Para los enemigos no hay palabras de cariño.
Mauricio Velásquez, doctor en ciencias políticas, recuerda la frase "el medio es el mensaje", del teórico de la comunicación Marshall McLuhan, para explicar cómo cada canal transforma el contenido. Es diferente lo que dice un político en una plaza pública, en televisión o en redes sociales. Los asesores y creadores de contenido para redes —esos campos de batalla- recomiendan mensajes simples, certeros, que atrapen en tres segundos. "Y despierten las dos emociones más importantes en política: el miedo o la rabia", anota Velásquez.
La polarización seduce. Como en una película, cuanto más peligroso el villano, más atractiva la historia y dulce la victoria. El debate político no es distinto. Los espectadores animan al héroe ante el monstruo. Se vuelven seguidores, soldados, y quieren ganar a como dé lugar.
El triunfo consiste en degradar, desenmascarar, humillar y ganar elecciones. Luego, se espera del líder "que sea consistente en el odio contra los demás", concluye Velásquez.
La democracia es una fábrica de salchichas y nadie quiere ver cómo las hacen.
Mauricio Velásquez, doctor en ciencias políticas.
A pesar del ruido y los insultos, para el politólogo Juan Carlos Rodríguez Rada, de la Universidad de los Andes, Colombia no vive una polarización real. Durante el plebiscito por el acuerdo de paz de 2016 hubo dos bandos claros; en las elecciones de 2018 también. Pero, según su análisis basado en el Barómetro de las Américas-LAPOP y grupos focales en tres regiones del país, publicado en La era del hartazgo, no hay polarización en los temas centrales de la agenda pública: el grueso de las prácticas y creencias políticas —que incluso son cambiantes o tienen matices—, el modelo económico y de desarrollo o una buena parte de los valores culturales y morales. Lo que hay es un cansancio generalizado hacia las élites políticas y económicas. Rodríguez recuerda otro momento de verdadera polarización, el conflicto entre liberales y conservadores, cuando desde los púlpitos se alentaba el odio.
"Tenemos la tendencia a pensar que estamos en el peor momento de la historia, del peor país del mundo, y eso hay que relativizarlo, mirar hacia el pasado y hacia otros países".
Para Mauricio Velásquez, más allá de la polarización, sorprende que llegar a acuerdos se perciba como traición. En la lógica de satanizar al otro, pactar es rendirse. "El valor más importante de la polarización es la coherencia, en el tiempo, con el odio a la contraparte". Si el gobernante pacta, muere políticamente. Y las redes se encargan de recordárselo.
No atacar al otro se ve como debilidad. En la recta final de una campaña, no haber elegido un enemigo —no simplemente un contrincante con ideas distintas— diluye al candidato.
"La democracia es una fábrica de salchichas y nadie quiere ver cómo las hacen. Pero cuando funciona bien la democracia es porque sectores de distintas orillas políticas se acercan y logran hacer acuerdos", anota Velásquez. No ve un trato como una transformación de la persona; es un momento de creatividad e inteligencia moral en favor del país.
¿Qué palabra se le viene a la cabeza cuando escucha "inmigrante"?
Ricardo Nausa, profesor de lingüística aplicada, explica que un inmigrante es quien deja su país para establecerse en otro. El término no es negativo, pero las palabras que lo rodean sí pueden serlo. Suelen aparecer juntas en los discursos y contenidos que consumimos.
Los lingüistas lo llaman coocurrencia: el análisis de palabras frecuentemente juntas y que el público empieza a asociar. Es común, en un texto, la palabra amor en cercanías de la palabra corazón. En un informe noticioso es todavía más común si "refugiado" comparte espacio con "crisis". Estas asociaciones y la repetición forman conceptos y emociones. En versiones menos sutiles se crean sustantivos. En Colombia, Petrochavista o Uribestia nombran algo para marcar su existencia como realidad. Un nombre no tiene matices. Es. No se debate.
Nausa distingue dos tipos de ataques: los directos —groserías, metáforas ofensivas— y los mitigados. Estos últimos parecen opiniones o descripciones, pero desacreditan. Cuando se opina sobre los migrantes a quienes se les quiere ayudar, pero no se dejan es un ataque velado. En un debate, "un candidato puede estar dando opiniones acerca de un plan de gobierno, pero fácilmente esa opinión se vuelve un comentario sobre la persona y sobre su capacidad o sus intenciones".
Otra forma de atacar es redefinir palabras.El término woke, por ejemplo, era usado por la comunidad afroamericana en EE. UU. para estar alerta ante injusticias. En la última campaña presidencial, el Partido Republicano lo convirtió en algo negativo, asociado a la imposición de ideas progresistas. Teniendo munición y armas, solo falta el ataque•
¿Qué pasa entonces con el debate en la sociedad? La politóloga belga Chantal Mouffe no ve el conflicto como un mal a erradicar, sino como parte de la vida política. Distingue entre antagonismo —donde las partes son excluyentes— y agonismo —donde se reconoce al adversario, no como enemigo a destruir, sino como alguien a superar con respeto mutuo.
El respeto es indispensable en los políticos electos. No se puede probar que los discursos agresivos incidan directamente en el asesinato de líderes sociales —y esos señalamientos suelen usarse como arma política—. Pero sí pueden legitimar la acción de los grupos delincuenciales que cometieron el crimen.
En tiempos de debates y redes enardecidas veremos mensajes grandilocuentes, agresivos, sarcásticos. Estrategia pura. Rodríguez recomienda "fijarse más en el contenido y no tanto en la forma". Sabe que no es fácil hacer esa destilación, porque los ataques han comprobado ser efectivos, pero un análisis más profundo podría enfriar la cabeza.
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Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 Minjusticia.
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