Sentada entre el público de una graduación universitaria, Esther Ballén, de 75 años, busca con la mirada a su nieta Anyi Rodríguez hasta verla cruzar con el diploma en sus manos. Esta es una escena de la película colombiana El juego de la vida, en la que un documentalista sigue durante 14 años a varias familias en distintas regiones del país para entender que detrás de esas historias de desigualdad, las mujeres terminan asumiendo el cuidado, el sostenimiento y la supervivencia cotidiana de sus hogares.
La película muestra a doña Esther en un escenario completamente distinto al de la elegante ceremonia de su nieta: ordeña vacas al amanecer, cocina para su familia y labra la tierra en la zona rural de Simijaca, Cundinamarca.
“En mi época era muy denigrada la mujer. Cuando yo me enteré de que las mujeres también valemos igual que los hombres, quedé en shock”.
Entre Esther y Anyi hay más de medio siglo de distancia, pero también una de las preguntas centrales que atraviesa la película: ¿Cuántas generaciones necesita una mujer para acceder a las oportunidades que antes le fueron negadas?

Esther Ballén, Simijaca, Cundinamarca. 2010
Las mujeres en Colombia ganan menos, cuidan más y tienen menos tiempo y oportunidades para salir de la desigualdad. Según cifras del DANE, ellas dedican más del doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, una carga que se profundiza especialmente en contextos rurales atravesados por la precariedad, la violencia, el embarazo adolescente y la falta de acceso a educación y oportunidades laborales.
Cuidar puede ser una trampa
“Yo tuve siete hijas mujeres”, dice doña Inés mientras camina por el lote donde, con los años, cada una fue levantando su propia casa. Allí viven todas, con sus esposos, nietos y bisnietos en una especie de pequeño laberinto familiar construido sobre la necesidad: nuevas habitaciones, techos improvisados y paredes a medio terminar que crecieron al mismo ritmo que la familia. Durante décadas, doña Inés sostuvo ese hogar con trabajos precarios, deudas y el cuidado permanente de otros. “Me hubiese gustado estudiar en una universidad, ser una profesional”, dice Yomaira, la menor.
Su historia refleja una realidad estructural. En América Latina, una de cada cuatro mujeres no tiene ingresos propios y las mujeres de bajos ingresos tienen muchas menos posibilidades de acceder a educación superior, de acuerdo con un informe de la CEPAL en 2024. La desigualdad se profundiza aún más en zonas rurales, donde el acceso a empleo formal, salud sexual y reproductiva y oportunidades educativas sigue siendo limitado. Aunque Colombia registró el mayor avance regional en igualdad de género dentro del Objetivo de Desarrollo Sostenible 5 de la ONU, las mujeres siguen asumiendo gran parte de las tareas de cuidado y sostenimiento familiar.
En la familia de doña Inés, esa carga se volvió casi una estructura hereditaria. Las hijas permanecieron siempre en la misma casa, cuidaron hijos, ayudaron económicamente cuando pudieron y repitieron, de distintas maneras, la lógica de sus madres. Mientras muchos hombres aparecen de forma intermitente en la historia, son ellas quienes permanecen sosteniendo la vida cotidiana: cocinan, cuidan, resuelven y mantienen unido un hogar que nunca deja de crecer.

Noralba Tapias y sus 3 hijos. Chinú, Córdoba. 2010
En la película, la precariedad económica también condiciona la vida de las mujeres. Una de las hijas de doña Inés cuenta que su familia sobrevivía con apenas 100 mil pesos mensuales en 2014 para sostener a cinco hijos. Otras dependen de pequeños negocios o trabajos informales para sobrevivir. Según la CEPAL, las mujeres en la región tienen menores ingresos y menos autonomía económica, una desigualdad que en estas historias termina limitando decisiones tan básicas como estudiar, irse o cambiar de vida.
Salir adelante también cuesta más para las mujeres
La historia de Mildred Leal desmonta una idea frecuente sobre la movilidad social: salir adelante depende únicamente del esfuerzo individual. Después de que, en 2010, una avalancha derrumbara al pueblo de Gramalote, en Norte de Santender, su familia tuvo que reconstruirse entre mudanzas, trabajos informales y pequeños negocios familiares que apenas alcanzan para sostenerse. Mildred vende, administra, organiza y cuida al mismo tiempo. Trabaja dentro y fuera de la casa sin que esa carga se traduzca necesariamente en estabilidad económica.
En América Latina, las cifras en la tasa de informalidad crece. Además, en la región se mantiene una de las brechas más altas de participación laboral femenina frente a los hombres. En contextos vulnerables, eso significa que muchas mujeres deben sostener económicamente a sus familias mientras siguen siendo las principales responsables del cuidado de hijos, adultos mayores y tareas domésticas.
En la historia de Mildred, esa desigualdad no aparece como una teoría sino como una rutina agotadora: producir ingresos sin dejar de cuidar. La película deja claro que para muchas mujeres el problema no es únicamente la falta de oportunidades, sino que el sistema económico sigue dependiendo de un trabajo invisible y mal remunerado que ellas sostienen todos los días.

Mildred Leal, Nuevo Gramalote, Norte de Santander. 2017
Cuando el futuro se interrumpe demasiado pronto
Otro de los temas que atraviesa repetidamente las historias de la película es la maternidad adolescente en contextos marcados por la precariedad y la falta de oportunidades. En varios de los relatos, la llegada temprana de hijos termina reorganizando trayectorias educativas, económicas y familiares desde edades muy jóvenes, especialmente en entornos rurales donde el acceso a educación sexual y salud reproductiva sigue siendo limitado.
Según el Banco Mundial, América Latina y el Caribe tiene la segunda tasa de embarazo adolescente más alta del mundo: en 2022, 52 de cada mil niñas entre 15 y 19 años dieron a luz en la región, frente a un promedio mundial de 39. El organismo ha advertido además que este fenómeno está estrechamente relacionado con desigualdad, pobreza y falta de acceso a derechos y oportunidades para las jóvenes.

Daniela Cruz y su hijo. Simijaca, Cundinamarca. 2023
Después de 14 años siguiendo estas historias, la película termina encontrando un patrón imposible de ignorar: detrás de muchas experiencias de pobreza, movilidad social frustrada, cuidado y supervivencia cotidiana, las protagonistas casi siempre son mujeres. En El juego de la vida, ellas son quienes sostienen la partida, incluso cuando las reglas, las oportunidades y el punto de partida parecen estar diseñados para que nunca puedan ganarla.
- Estas historias hacen parte de El juego de la vida, documental dirigido por Andrés Ruiz y producido por Séptima Films, que nace a partir de la ELCA, una investigación que siguió durante años la vida de distintas familias para entender cómo se hereda y transforma la desigualdad en Colombia. Desde el 7 de mayo, la película puede verse en salas de cine del país.