El dinero es la segunda causa de las crisis de pareja. Toca temas sensibles como seguridad, autonomía, proyectos de vida y confianza. Situaciones incómodas como: ¿en qué se fue la plata?, ¿por qué no alcanzó?, ¿por qué no me dijiste?, ¿cómo vamos a llegar a fin de mes? abren grietas profundas que se reflejan en hábitos de gasto, prioridades distintas, deudas ocultas, metas incompatibles o la sensación de que uno tiene más carga que el otro.
¿Existe la infidelidad financiera? ¿cómo evitar que los gastos y la plata deterioren la relación en pareja?
Revista Puntos entrevistó a Santiago Rodríguez Raga, experto en la definición, diseño e implementación de modelos financieros, para responder estas y otras inquietudes.
“Si manejar las finanzas individuales es difícil, hacerlo en pareja lo es todavía más, porque cuando nos juntamos cada uno llega con una historia financiera diferente”, explica.
Infidelidad financiera: un secreto que cuesta
Este tipo de infidelidad no tiene que ver con el amor, sino con la plata que se maneja a espaldas de la pareja para evitar preguntas o discusiones. Puede ser una ‘comprita’ que no se cuenta, un crédito que la otra persona desconoce, una tarjeta usada sin acuerdo o gastos que se camuflan sin explicaciones.
El problema no es solo el monto; es el silencio. Cuando el dinero se maneja en secreto, la confianza queda en el aire y cualquier detalle puede volverse sospecha. “Si yo oculto algo, así sea menor, eso genera desconfianza”, advierte Santiago Rodríguez, que también es profesor de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes. Y es ahí donde la conversación pasa de los números al terreno de lo emocional. De lo que se calla y de lo que se interpreta.
El dinero: la conversación que casi nunca se tiene
Nadie se casa pensando en separarse, la idea es hacer equipo y construir metas en común. Sin embargo, cuando los temas financieros no se conversan a tiempo, pueden convertir la vida cotidiana en un campo de batalla. Algunas relaciones se desgastan y otras se rompen porque nunca logran ponerse de acuerdo: el tema se evita, se aplaza o se deja para ‘cuando haya tiempo’, hasta que aparece el conflicto.
Rodríguez lo resume en lo más simple: el error más común es no hablar de dinero. “Conversamos de otras cosas, pero no del manejo, de qué sentimos, si somos ahorradores o gastadores, cuáles son nuestras metas o armar un presupuesto”, señala. Por eso recomienda conversaciones periódicas, no para vigilarse, sino para acordar, revisar y ajustar: “los acuerdos deben mantenerse, pero también ser dinámicos; no es un manejo rígido”. En otros casos, por ejemplo, cuando llega un hijo o alguno pierde el trabajo, aparecen nuevas prioridades y con eso hay que ‘volver a barajar’ la forma en la que se administran los recursos.
Y hay un punto fino que suele frenar estas conversaciones: el miedo a ‘matar’ el romance. Para Rodríguez, no se trata de elegir entre amor y plata, sino de separar los momentos. Hablar de finanzas no vuelve a nadie menos romántico; lo importante es no arruinar alguna situación especial. Transparencia, conversaciones a tiempo y confianza: ahí empieza la salud financiera en pareja.
¿Cómo organizar las finanzas en pareja?
Hay tres maneras comunes de hacerlo, según Santiago Rodríguez:
Cuentas separadas:
Cada quien administra sus ingresos y se reparten gastos. Este esquema puede dar autonomía y reducir roces por gastos personales, pero exige acuerdos claros para que la sensación de justicia no se rompa, sobre todo cuando los ingresos son muy distintos.

Fondo común:
Una bolsa compartida: ingresos, gastos, ahorro y metas desde una cuenta o sistema conjunto. Este modelo refuerza la idea de equipo y puede facilitar objetivos grandes, pero pide un ingrediente fudamental: confianza. En este esquema, si aparecen gastos escondidos, el golpe suele ser mayor.
Mixto (común + personal) :
Fondo común para hogar y metas, y un espacio personal para gustos individuales. Es equipo y autonomía. Funciona mejor en parejas con personalidades diferentes (por ejemplo, cuando uno es más ahorrador y el otro más gastador).
“No existe un sistema perfecto; existe el que la pareja puede sostener con acuerdos y revisiones. Lo importante es tener una alternativa. Si funciona, fenomenal. Si no funciona, hay que ajustarlo”. La clave, dice, es ver las diferencias como fortalezas: en pareja se trata de complementarse, no de competir, porque se camina hacia un mismo propósito. Advierte que, cuando empiezan las comparaciones —‘quién gana más, quién paga más o quién aporta’ más—, la relación corre el riesgo de convertirse en una competencia silenciosa.
Infidelidad financiera:
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