El diagnóstico llegó de la forma más absurda. Daniela recuerda vívidamente la confusión y el miedo. Había entrado a la consulta de un ortopedista por un dolor agudo en las manos, que se encendía al escribir, boxear o cocinar. Pero la cita con el especialista en lesiones musculoesqueléticas se transformó, de golpe, en una lección de pérdida de peso: listas de dietas, alimentos prohibidos y restricciones.
“Estás entrando en la madre de todas las enfermedades”, le advirtió el médico. Esa frase todavía le retumba en la cabeza. Tenía 19 años. El dolor nunca se fue; abandonó el boxeo y se refugió en el baile. Tampoco se fueron los kilos de más. Desde ese día, quedaron señalados como la causa de todos sus males presentes y de todas sus enfermedades futuras.
La etiqueta ya la había sentido antes. En el colegio, durante una clase de salud, les enseñaron a calcular el Índice de Masa Corporal (IMC). En su caso, el resultado salió por encima de lo que una hoja arrugada marcaba como “normal”. La reacción de sus compañeros fue inmediata: “¡Ush, es altísimo!”. Bajó la mirada sin saber cómo responder. Desde entonces, los chistes crueles se volvieron rutina. Aprendió a blindarse detrás del humor pesado, la ironía y el carácter fuerte. Ese número se convirtió en su sombra.
El IMC se obtiene al dividir el peso entre la estatura al cuadrado: una relación simple entre kilos y altura para estimar si alguien está dentro de un rango “saludable”. Fue creado en el siglo XIX por el estadístico belga Adolphe Quetelet como un indicador poblacional, aunque con el tiempo terminó instalado en los consultorios como medida casi absoluta de salud. En Colombia, más de la mitad de los adultos aparece con exceso de peso, según ese cálculo, aunque los datos oficiales más recientes provienen de la Encuesta Nacional de Situación Nutricional de Colombia (ENSIN) 2015.
La medida, ampliamente usada como indicador del estado de salud de una población, tropieza cuando aterriza en lo individual: no muestra los matices de la composición corporal. “Es un indicador rápido, pero condicionado —explica la magíster en Nutrición Deportiva Jenny Ortiz—. No refleja la diferencia real entre grasa y masa muscular. Puede, por ejemplo, clasificar como obesa a una persona con gran desarrollo físico o, por el contrario, pasar por alto riesgos en alguien con poca masa magra”.
En enero de 2025, la Comisión de The Lancet dio un paso más allá. Reconoció que millones de personas como Daniela quedaban atrapadas entre un número y un estigma, y propuso un marco más sensible: distinguir entre “obesidad clínica”, cuando hay daño en órganos o limitaciones reales, y “obesidad preclínica”, cuando el exceso de grasa no genera aún enfermedad, pero puede aumentar riesgos a futuro. El informe pide complementar el IMC con otras medidas de diagnóstico —como la circunferencia de cintura o la relación cintura-estatura—, pero sobre todo resalta la necesidad de un abordaje integral, no reducir a las personas a una cifra y reconocer la diversidad de trayectorias de salud.
Lastimosamente, esa sensibilidad, tan necesaria, apenas se abre paso. A Daniela, en cambio, le tocó atravesar sus años universitarios sin ese marco de cuidado.
Lo que para cualquiera serían tensiones normales —parciales, desvelos, cambios de rutina— en su caso se transformó en un cóctel explosivo: saltarse comidas, almuerzos apresurados de comida callejera, falta de sueño, miedo de no dar la talla, tensiones con sus compañeros, miradas inquisitivas de su familia y el diagnóstico que ya cargaba como sombra. Entre el estrés constante y los desórdenes cotidianos aparecieron las crisis de ansiedad y los episodios depresivos. En pocos meses subió seis o siete kilos, y cada aumento reforzaba el eco de aquella sentencia: “La madre de todas las enfermedades”.
“Para mí, la obesidad es un problema más de la cabeza que del cuerpo”, dice hoy, con 23 años y una mezcla de resignación y lucidez. Cuando las emociones la desbordaban, encontraba un único refugio: la comida. “No era energía para vivir, era anestesia. Un atracón para tapar la rabia, la tristeza, lo que no sabía cómo manejar”.
Los atracones de Daniela podrían estar más ligados a la respuesta de un cuerpo y una mente bajo presión que a un simple mal hábito. Lo explica Diego Lucumí, doctor en Comportamientos en Salud y Educación en Salud por la Universidad de Michigan: el estrés crónico derivado del estigma y la discriminación tiene efectos biológicos bien documentados en la población general —altera hormonas como el cortisol, favorece la resistencia a la insulina y promueve la acumulación de grasa— y también comportamentales, pues con frecuencia empuja a usar la comida en exceso como mecanismo de afrontamiento.
La psicóloga y nutricionista Paola Sabogal, experta en obesidad y trastornos de la conducta alimentaria, explica que ese vínculo es más común de lo que se cree:
“El estigma de peso no solo deteriora la autoestima. Eleva el cortisol, altera el metabolismo y empuja a muchas personas hacia trastornos de la conducta alimentaria. Los cuerpos grandes son quienes más riesgo tienen de desarrollar atracones o restricciones extremas, porque han vivido toda la vida bajo presión para adelgazar”.
Ese sentimiento de culpa no nació en la universidad. Daniela lo había sentido años atrás, cuando un pediatra usó por primera vez la palabra “sobrepeso” frente a su madre. “Desde ese día ella empezó a vigilar lo que yo comía. Y yo empecé a esconderme para comer”, recuerda. Lo recuerda con tristeza: “Sí, era una niña más grande, pero era feliz, activa y sana”.
Si lo que se come es vigilado, lo prohibido empieza a ocupar un lugar especial: se idealiza. “Ya no es solo nutrición: es identidad, es refugio, es control. Por eso la relación se vuelve tremendamente difícil: cada bocado trae un juicio moral. Salir de ahí no es un asunto de fuerza de voluntad, sino de desmontar años de discursos y prácticas que han enseñado a mirar la comida con culpa”, argumenta Paola Sabogal.
Ir al médico, con los años, le empezó a parecer inútil a Daniela. No importaba si llegaba por un dolor en las manos, una molestia de estómago, alergias o un resfriado: siempre recibía la misma indicación, “tienes que bajar de peso”. La consulta dejaba de ser un espacio de cuidado y escucha para convertirse en un sermón. “Uno deja de ir”, admite. Esa sensación de no ser escuchada terminó pesando tanto como el propio dolor físico.
De esta forma, la consecuencia es doble: por un lado, pacientes como Daniela cargan con el estigma; por otro, se exponen a riesgos reales al abandonar los controles o recibir diagnósticos tardíos. Se pierden la confianza en el médico o en el sistema y la posibilidad de tratar a tiempo enfermedades que no tienen nada que ver con la báscula.
Sabogal lo resume con contundencia:
“A veces, cuando nos obsesionamos con el peso, perdemos algo fundamental: la escucha. Y cuando no hay escucha, se pierden diagnósticos importantes”.
Y es que al desconocer el contexto del paciente —su familia, el lugar donde vive, su origen— se escapa la mitad de la historia. Esos factores son determinantes dentro y fuera del consultorio: explican por qué para unos comer bien es una elección y para otros, un lujo.
Daniela lo sabe bien. “El cambio cuando me pasé a la prepagada fue brutal. En la EPS, apenas entraba, la consulta se reducía a un libreto y a una hoja con alimentos ‘limpios’”. Gracias a una mejoría en la situación económica de su familia, pudo acceder a medicina prepagada. De pronto, las citas eran más largas, había preguntas, incluso escucha. En Colombia, con un sistema saturado y lleno de complejidades, el contraste es claro: la sensibilidad también depende de la capacidad de pago.
El exceso de peso en el país no se reparte de manera uniforme: golpea con más fuerza a los hogares con menos recursos y a las comunidades afrodescendientes e indígenas. Un estudio liderado por Carlos O. Mendivil, médico y doctor en Bioquímica Nutricional y Metabolismo por la Universidad de Harvard, mostró que los adultos de menor nivel socioeconómico y educativo concentran las tasas más altas de obesidad.
Esa desigualdad se confirma en los territorios. Un análisis publicado en la Revista de Salud Pública detalló cómo en Nariño y Chocó los niños de hogares pobres tenían un riesgo mucho mayor de obesidad, algo que no se repitió en Bogotá. La inseguridad alimentaria afecta al 77 % de la población indígena y al 68,9 % de la afrocolombiana, según un estudio reciente en Quibdó realizado por Paula Andrea Castro, Daniela Molano y Diego Lucumí. Dietas basadas en carbohidratos más económicos y violencia que limita la actividad física están relacionadas con una realidad dolorosa. En regiones marcadas por la escasez, también crece la obesidad.
“Las medidas de salud pública para tratar de controlar el avance de la obesidad en Colombia —asociada al acto universal de comer— no son sencillas. Para cambiar la dieta de las personas es necesario involucrarse en su cotidianidad. Esto implica meternos con la voluntad personal, con la libre determinación”, advierte el investigador Mendivil en el reportaje Colombia, pasada de peso, sobre su estudio, para REVISTAPUNTOS.COM
Daniela, durante años, buscó respuestas en esta misma cotidianidad: dietas, rutinas, tratamientos… Y la diferencia la marcó algo que, en su momento, pasó por alto. Un médico de medicina alternativa le sugirió hace un tiempo buscar apoyo psicológico. Entonces, no le dio importancia. Después de una de sus crisis recordó las palabras bondadosas del profesional y encontró un camino distinto: la compasión y el cuidado.
El abordaje psicológico, más que un valor añadido, es un pilar. “La relación con la comida y con el cuerpo se construye desde lo emocional y lo social. Si no atendemos el estigma, la culpa, las dinámicas del entorno y los patrones de afrontamiento, las dietas solas fracasan”, explica Sabogal. Hoy, Daniela lo dice con claridad: “Me ha dado paz. La ansiedad ha disminuido y, con ella, los atracones”. Además —cuenta con alegría— le ha dado la fuerza para enfrentar a los especialistas y buscar una mejor calidad de vida, pues reconoce:
“Estar obesa no es bueno, lo siento en mi día a día. Soy ecóloga; me limita en mi trabajo de campo. No quiero sentirme limitada, más allá de mi peso”.
En su práctica, Paola Sabogal propone hablar de soberanía corporal: el derecho de cada persona a habitar su cuerpo desde la autenticidad, sin vivir bajo la tiranía del número en la báscula.
Lucumí también reconoce la importancia de esta sensibilidad y añade la relevancia del contexto. Hay espacio para las decisiones individuales, sí, pero están condicionadas por el entorno: pobreza, violencias, acceso desigual a alimentos o a espacios seguros para moverse. “No podemos caer en los extremos —señala—. Ni quitarle agencia a la persona ni culparla como si todo dependiera de ella”.
Aceptar que la obesidad merece un abordaje más humano es un avance. El informe de The Lancet marca un paso importante en esa dirección: sugiere reconocer matices, aliviar el peso del estigma y abrir la mirada clínica más allá de un número. Daniela subraya cómo sanar la relación con su cuerpo ha sido esencial, sin dejar de asumir la existencia de un malestar físico imposible de ignorar.
Llamarla enfermedad —insiste Paola Sabogal— puede reforzar etiquetas profundamente dañinas en torno de la obesidad. Diego Lucumí, por su parte, recuerda los casos mórbidos que sí requieren un despliegue clínico riguroso, sus riesgos vitales. El debate, por lo menos, ya no se mide con una sola fórmula y hoy se habla de dignidad, de sensibilidad y de contextos. Quizá puedan abrirse puertas de escucha, de políticas públicas. De una sociedad capaz de reconocer que los cuerpos, como las historias, no caben en un solo número.