;
Dos chihuahuas ayudan a sanar un duelo, una pareja elije perras en lugar de hijos... Colombia tiene cada vez más familias multiespecie, pero, ¿se borran fronteras entre lo animal y lo humano?
Suena el timbre, la casa entera despierta y la vida brinca y ladra. Bellota y Pistacho corren, su energía los desborda. Bellota suele adelantarse en la carrera hacia la entrada, con sus patas diminutas y su pelo largo agitándose. Detrás, inseparable, Pistacho. Con 15 centímetros de altura y menos de tres kilos, estos chihuahuas —una de las razas más pequeñas— son guardias atentos, anfitriones entusiastas y compañeros de juego incansables. Son alegría, compañía y… parte esencial de la familia de Omaira Torres.
Llegaron en un momento de grandes cambios: los hijos mayores se fueron a estudiar a otro país y, poco después, Omaira, de 48 años, debió enfrentar la dolorosa pérdida de su hermana Bibiana.
“Son una compañía inmensa, un amor recíproco. Uno llega cansado, con estrés, y al jugar o consentirlos todo cambia. Es impresionante… para mí son como una terapia”.
Bellota fue la primera en llegar, gracias a un anuncio en redes sociales. “Lo supe de inmediato: debía ser parte de mi vida”. Fue con su esposo a verla y no hubo duda. “Era todavía más linda que en la foto”, recuerda sonriendo. Ocho meses después, en la idea de un compañero cuando todos salen de casa, llegó Pistacho.
La rutina del hogar empezó a parecerse a la de criar niños pequeños. Les habían advertido que los chihuahuas son frágiles: sienten frío con facilidad, se lastiman con rapidez y no pueden pasar más de ocho horas sin comer. Cuidarlos exige paciencia, atención constante y detalles diarios: comida caliente, abrigo en días fríos y vigilancia constante.
Cada mañana calienta la comida en la estufa y limpia el tapete de entrenamiento. La casa a veces gira en torno a ellos: las camitas se lavan cada ocho días, los juguetes se rotan para evitar el aburrimiento y, cuando hace falta, viene la visita al veterinario.
Con Omaira también van al parque y les encanta acompañarla, metidos en su bolso. Apenas lo ven, predicen la salida; se agitan, celebran. Incluso tienen una silla especial en el carro, diseñada para perros de su tamaño ante los riesgos de una frenada.
Calcula, mensuales, unos trescientos mil pesos entre gastos de comida natural, tapetes de entrenamiento, objetos y accesorios. “Cuando veo juguetes, me antojo”, dice entre risas. Y eso sin contar el veterinario, gastos que asume como lo haría con cualquier otro miembro de su familia. “No permitiría verlos sufrir”. Con ellos transita la vida con calma, fortaleza y amor.
En el apartamento amplio y luminoso, pensado para ellos y para sus dos perras, Daniela y Andrés construyen su concepto de familia. Decidieron no tener hijos, al menos no humanos. “Mis papás ya hicieron las paces con esto; sus nietas, dicen, son las perras”, cuenta Daniela riéndose. Nala, criolla, y Hela, alaska malamute, son el centro de su cotidianidad. Y la decisión de no ser padres no fue impulsiva.
Lo habían hablado desde el comienzo de su relación. Andrés nunca se sintió atraído por la idea de tener hijos y Daniela, tras sufrir una grave enfermedad y convivir con familiares que enfrentaron retos de salud en la crianza, no quiere vivir esa angustia constante. La rutina con ellas comienza mientras Daniela se alista para el trabajo; Andrés baja a las perras, las alimenta y organiza la casa. Por la tarde, ambos caminan hasta el gimnasio con una de ellas —Nala tiene inconvenientes de movilidad por su edad—, hacen escala para dejarla donde los padres de Daniela —su red de apoyo, vital— y luego regresan. “Son como hijos, uno organiza el día alrededor de ellas”, admite Andrés.El gasto mensual ronda los 700 mil pesos entre comida, vacunas, baños y veterinario. “Hay meses, fácilmente, de un millón; sobre todo por los problemas de piel de Nala, que además está cieguita”, explica Daniela. Ninguno lo ve como un gasto innecesario. “Podríamos viajar o ahorrar más, pero preferimos invertir en ellas. Son parte de nuestra familia”.
“¿Y cuándo piensan tener hijos?”, preguntan —aún— familiares y otros allegados sin entender cómo pueden asumir a los perros como hijos. Su proyecto de vida está en ese hogar compartido con sus ‘perrijos’. “Si alguien me preguntara cómo está compuesta mi familia, yo diría: mi pareja y mis dos perras. Para mí es tan sencillo como eso”, afirma Daniela.
Hace unos meses vivieron el dolor de perder a Apolo, el golden retriever con quien Daniela compartió su vida cuando vivía con sus padres. La acompañó entre la juventud y la adultez.
En 2024 le diagnosticaron tres tipos de cáncer: carcinoma en la nariz, melanoma en el ojo y un cáncer de bazo avanzado. Cuando la oncóloga recomendó la eutanasia, Daniela sintió su mundo caer. “Yo siempre dije que no dejaría sufrir a mis perros, pero una cosa es decirlo y otra es vivirlo”, confiesa. Una noche lo llevaron a casa de sus padres y toda la familia pudo despedirse. El veterinario lo durmió en compañía de la familia.
“Algunos nos dicen ‘era solo un perro’. No entienden. Hay canciones que todavía no puedo escuchar. Me recuerdan ese día”.
La relación con las mascotas refleja una transformación cultural.
Hasta hace unas décadas eran vistas como una propiedad, “casi como un objeto”, señala Camilo Ordóñez, científico del comportamiento. Hoy se reconocen como seres sintientes —capaces de experimentar dolor, placer o felicidad— y deben ser protegidas.
En ese estatus, comunidades pet friendly y familias multiespecie configuran nichos urbanos donde el cuidado animal juega un papel. Hay seguros para mascotas, afiliaciones veterinarias con citas periódicas, vacunas y emergencias cubiertas, así como cementerios y servicios funerarios. En las leyes, el Congreso colombiano sancionó la Ley Ángel (Ley 2455 de 2025), que refuerza la lucha contra la crueldad animal. Y se discute un proyecto para dar licencia remunerada por muerte de mascotas.
El trasfondo de este fenómeno va más allá. Según Ordóñez, doctor en Psicología, hablar de ‘perrijos’ o ‘gatijos’ es también una respuesta de nuevas generaciones a antiguas demandas sociales, donde se imponían la maternidad y la paternidad como condiciones para formar familia. Este cambio —explica— se conecta con las dinámicas de sociedades cuyas exigencias académicas y laborales chocan con la posibilidad de ejercer una maternidad o paternidad. Los animales aparecen como una alternativa afectiva y relacional.
Además, la ciencia demuestra que perros, gatos y otros animales no solo ofrecen compañía: ayudan a reducir estrés, ansiedad y depresión, fomentan empatía y, en muchos casos, suplen pérdidas de vínculos humanos profundos.
Pero, ¿suplir equivale a sustituir? ¿Se pueden reemplazar relaciones humanas? Los animales son, advierte Ordóñez, un elemento esencial del ecosistema afectivo, pero no pueden sustituir relaciones humanas. “Necesitamos interacciones sociales e intelectuales que solo son posibles con otros humanos”.
El reto es doble: cuidar el vínculo con las mascotas y recuperar lazos profundos entre personas. Este giro cultural también plantea otros dilemas. Uno, evidente, la antropomorfización; es decir, atribuir a los animales características humanas. “El límite está en no olvidar que un perro es un perro y un gato es un gato. Cuando les atribuimos expectativas que no corresponden a su especie, empezamos a traspasar una línea peligrosa que se convierte en maltrato”, señala el experto.
Las fiestas de cumpleaños caninas con gorros y decoraciones entretienen a los dueños, pero incomodan a las mascotas. Las dietas veganas contradicen su biología. La clave, insiste Ordóñez, está en respetar su naturaleza, comprender su comportamiento y atender sus necesidades reales. Hay, también, un desafío institucional: “Con más familias multiespecie se necesitan regulaciones, políticas públicas e infraestructura para esa nueva realidad”. Solo así estas nuevas familias podrán sostenerse de manera equilibrada, garantizando bienestar.
Copyright© PUNTOS
Todos los derechos reservados
Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 Minjusticia.
Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 MInjusticia.
Copyright© PUNTOS - Todos los derechos reservados