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"Nadie me conoce la pobreza del bolsillo"

Salir de la pobreza, en Colombia, puede ser un milagro o una lucha perpetua. Durante 14 años, este documentalista grabó a 15 familias en esa batalla. Partió de una investigación de economistas y se enfrentó a su propio pasado. Su película llegó al cine y el editor de Puntos lo invitó a contar ese largo viaje.

Por: Andrés Ruiz Zuluaga

PRÓLOGO

Tuve mi primera cámara cuando cumplí 10 años y, desde entonces, mi vida cambió. Capturar lo que veía, pausar, retroceder y congelar el tiempo me parecía mágico. Me fascinaba cómo me permitía analizar todo desde otra perspectiva. La cámara se convirtió en un amor tóxico, de esos que me atraen. A veces mi mejor amiga; otras, una amante que quiero cerca pero invisible. En ocasiones es un motivo de orgullo y, en otras, un espejo cruel. Me obliga a cuestionar quién soy. Con ella, narro qué pienso a través de historias ajenas. Con esta película, sin embargo, todo fue distinto.

Nadie me invitó a hacer un largometraje. Mi encargo era grabar videos cortos con pequeños relatos puntuales en torno de la Encuesta Longitudinal Colombiana de la Universidad de los Andes (Elca), una investigación de la Facultad de Economía, que buscaba entender las dinámicas de la pobreza en Colombia, uno de los paises más desiguales de Latinoamérica, donde salir de la pobreza parece un milagro. El proyecto seguía a diez mil familias de 30 municipios, encuestándolas cada tres o cuatro años.

Comencé las grabaciones en 2010 como parte de un equipo de periodistas. Tenía 30 años y acababa de nacer mi hijo. Después de rodar mi primer documental, Cuestión de química, ningún proyecto me había seducido hasta que apareció la Elca.

Seguir a 50 familias durante más de una década para hacer una película parecía una locura. Mis compañeros no creían poder llegar hasta el final. De hecho, fui el único del equipo original que se mantuvo. Con el tiempo asumí esa locura, el reto de producir un documental de largo aliento.

El mayor desafío era convencer a las familias de dejarme entrar en sus casas, contarme sus historias y que no se cansaran de nosotros en más de diez años.

Fue un viaje retador. No era un paseo por Colombia, era adentrarse en dolores, sueños frustrados y apuestas fallidas. Sin embargo, algunas historias fueron inspiradoras, como las que seleccionamos para El juego de la vida. Bauticé así la película porque, para mí, la vida es un juego lleno de azar, trampas y jugadores inesperados, donde hay que cambiar de mano y seguir jugando.

ACTO I: LA CÁMARA INCOMÓDA

En 2022 tocamos por cuarta vez la puerta de la casa en Envigado donde habíamos visitado a Cristian Moreno durante 12 años. Nadie abrió. Seguía viviendo allí, nos confirmó el vecino. Lo había visto ese día. Cuando lo grabamos por primera vez en 2010, Cristian tenía 18 años y sus padres nos recibieron orgullosos por su ascenso al equipo del Envigado Fútbol Club, reconocido internacionalmente por formar talentos jóvenes.

“Mi sueño es ir a Boca y, de ahí, a Europa”, decía Cristian, inspirado por compañeros y amigos como James Rodríguez, quien había sido contratado por el Banfield de Argentina un año antes y acababa de llegar al Porto de Portugal; o de Juan Fernando Quintero, quien también ascendió meses atrás y ya era figura del equipo.

Grabar a Cristian se había vuelto complicado. En 2018 sentí que no quería seguir, pero rodamos con él. En 2022, sin embargo, me sentía como un testigo de Jehová tocando puertas, mientras las familias, en silencio, fingen no estar y esperan a ver si la visita indeseable se va. Aunque habíamos confirmado la cita, no aparecía.

—Tenemos otras buenas historias, no insistamos —me dijo el fotógrafo, agotado, pidiendo una botella de agua tras varios cafés. Los Moreno eran la décima familia de las veinte que esperábamos grabar para la película. Por presupuesto, ya no seguíamos a las mismas 50 familias de antes.

Yo insistía. Para mí, Cristian era clave, el protagonista. Su historia de sueños, fútbol y lucha era esencial. Los investigadores siempre me preguntaban por “el futbolista”. Más de la mitad de los jóvenes que entrevisté querían salir de la pobreza como futbolistas o artistas y Cristian representaba ese anhelo.

Después de tres horas sin respuesta nos fuimos. Le dejé otro mensaje en el WhatsApp: “Nos tuvimos que ir. Espero esté todo bien”.

Pasamos tres días más en Medellín grabando a otras familias sin respuesta de Cristian. No contestó mis mensajes por más de tres meses.

Al principio me sentí mal, pero recordé a mi papá, un camionero que siempre veía oportunidades en los problemas: “Los caminos nunca se acaban, solo cambian de dirección”.

ACTO II: LA CÁMARA MÁGICA

En las zonas rurales todo era distinto, nos recibían como si fuéramos parientes. Nos divertíamos con las familias, quienes, sin importar su situación económica, encontraban el proyecto atractivo. Siempre terminábamos comiendo con ellos, riendo y las despedidas eran emotivas.

—¡Se van para Hollywood! —bromeaba Julieth, hija de doña Inés en Chinú, Córdoba, pidiendo que la lleváramos a Bogotá—. ¡Invítenme al lanzamiento y a la alfombra roja y voy derechito a la fama!

Semanas después visité a Anyi, una joven campesina, huérfana de padre. Migró a Bogotá para estudiar en la universidad. La grabamos por primera vez cuando tenía 9 años y soñaba con ser diseñadora de modas mientras crecía entre vacas y cultivos de papa y maíz en Simijaca (Cundinamarca). Doce años después estudiaba diseño en la Fundación Universitaria del Área Andina.

—Los periodistas solo preguntan y preguntan, pero esta vez quiero preguntar yo. ¿Tu historia también va en la película?, ¿cuál es tu historia? —me cuestionó entre risas.

Su pregunta me hizo reflexionar. Le conté cómo mi papá, campesino de Simijaca, migró a Bogotá para escapar de la pobreza y se convirtió en camionero. En uno de sus viajes conoció a mi madre, quien, a sus 14 años, huyó de un entorno de drogas, violencia y explotación sexual infantil en Medellín. Juntos decidieron vivir en una pensión en Bogotá.

Mi mamá me tuvo a los 15 años. Luego, como si fuera una fábrica de bebés, llegaron cuatro hermanos más y, por si fuera poco, mi mamá adoptó a dos sobrinos. Habían quedado huérfanos cuando mi tía fue asesinada por su propio esposo. Nos convertimos en cuidanderos de una finca y, entre vacas, perros y pobreza, mis papás intentaban sacarnos adelante.

Mi papá sufrió un accidente cuando yo tenía 16 años y no pudo volver a manejar tractomula. Se fue a Bogotá para rebuscarse y reescribir el guion de su vida. Montó un lavadero de carros y, con lo aprendido en sus viajes, se convirtió en comerciante. Nuestra situación mejoró. Como dice él: “A veces, en las peores trochas, aparecen los paisajes más bonitos”.

Mis resultados académicos me llevaron a la Universidad Externado, donde estudié periodismo. Fue un proceso largo y difícil: trabajé lavando carros, luego en una estación de servicio, después como auxiliar de sonido y, al final, como periodista, mientras luchaba por pagar cada semestre. Después de cinco años en el campo laboral, logré pagar la universidad y obtener mi título. Fueron en total nueve años de lucha por un diploma.

Ser pobre, en la ciudad, era sinónimo de rechazo. Lo noté al llegar. En la universidad desconfiaban de quienes parecían diferentes. Quería encajar, así que creé un personaje ficticio que vivía de fiesta y viajaba. Como dice mi mamá, “los varones, blancos y zarcos nacieron con ventajas”, y yo aproveché eso. Cambié mi forma de hablar y de comportarme. El nivel académico era un reto y me enfoqué mucho en estudiar, pero también en pertenecer a una comunidad. Ser excluido es devastador.

Hasta este proyecto evitaba hablar de mi verdadero origen fuera de mi familia. Unos meses antes, el productor y algunos asesores me sugirieron incluir mi historia en el documental. Rechacé la idea de inmediato, respondiendo con una frase que se convirtió en broma entre el equipo. La había dicho uno de nuestros personajes de la película: “Nadie me conoce la pobreza del bolsillo”. Días después de la charla con Anyi decidí reevaluar la idea y terminé convirtiéndome en un personaje más del guion.

Anyi había cambiado mucho su apariencia. Ahora tenía el pelo rojo y pasaba momentos difíciles. Se sintió discriminada por su forma de vestir, pero hacía todo lo posible por aguantar. Toda su familia había apostado por ella y no podía defraudarla. Algo muy similar sentí en mi paso por la universidad. Hoy creo que no hacer parte de una comunidad de amigos, familia, trabajo, estudio o vecinos puede cambiar nuestros planes de vida por completo.

Pasamos la tarde compartiendo historias con Anyi. Hablamos de la desigualdad en Colombia y de cuánto había aprendido en mi investigación. Los raros casos de éxito tenían dos factores en común: educación después del bachillerato y migración. La vida es un viaje de adaptación y aprendizaje. A veces lo siento así. Vi que aquellos que accedieron a cualquier tipo de educación, incluso a cursos y talleres, lograban mayor movilidad. Sin embargo, en las zonas rurales, el acceso a educación de calidad es escaso.

ACTO III: LA CÁMARA COMO ESPEJO

En diciembre de 2022, Cristian se disculpó por no haber respondido antes. Había pasado —me contó— por una depresión tras perder todo su capital en inversiones y eso lo llevó a evitar las cámaras. Sin embargo, ahora estaba dispuesto a compartir su historia, creyendo que podría inspirar a otros.

El fútbol seguía siendo su pasión, aunque más distante. Jugaba fútbol de salón en la liga profesional y manejaba su propia tienda de ropa deportiva mientras incursionaba en inversiones en línea. Se había graduado como técnico industrial y seguía luchando por salir adelante. Lo grabamos, pero finalmente no lo incluí en la versión final de la película. En la edición hay decisiones difíciles. Al final solo quedaron siete de las quince familias que grabamos.

En la sala de edición descubrí que el cine no solo cuenta las historias de otros. También reflejaba la mía. Temí porque la pobreza volviera a acecharme al revisitar mi pasado, pero entendí que contar mi historia era parte del proceso. El guion de un documental es vivo, se transforma minuto a minuto. Así que decidí incluso contar por qué había ocultado mi origen durante tanto tiempo.

Las relaciones humanas están basadas en la reciprocidad, donde se da y se espera algo a cambio. Las personas de bajos recursos, al tener poco para ofrecer, son marginadas, lo cual crea barreras para conseguir empleo, amigos o igualdad de oportunidades. Hoy soy consciente de eso. Antes solo tenía conflictos internos por no entender algunos de mis actos.

Las trampas de la pobreza que tanto había estudiado —como la falta de acceso a educación, la desigualdad y la exclusión social— son reales y devastadoras. Sin embargo, descubrí que las relaciones humanas y la conexión emocional y social son esenciales para superar esos obstáculos.

La comunidad puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.

Mi historia, como la de tantas personas en este documental, lo demuestra: la pobreza no es solo una cuestión de dinero, sino de oportunidades y conexiones. En este viaje de más de una década comprendí que contar historias es también enfrentarse a la propia, y que, al hacerlo, quizás podamos ayudar a otros a encontrar su camino hacia una vida mejor.

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Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 Minjusticia.

Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento personería jurídica: Resolución 28 del 23 de febrero de 1949 MInjusticia.

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